LA PAZ, POSIBLE
El Mundo, Madrid, 6 de febrero de 2001
Herzl Inbar
Embajador de Israel en España
En estas elecciones, al igual que en todas las celebradas a lo largo del último decenio, el proceso de paz influirá de modo determinante en el voto de los ciudadanos de Israel. El primer ministro que salga de las urnas seguirá negociando con los palestinos. El ritmo y los contenidos de las conversaciones de paz serán diferentes en función de quien sea el nuevo premier. Cuando se reanuden las conversaciones tras el paréntesis electoral, el principal interrogante seguirá siendo si la ANP va a seguir en su línea de demandas inasumibles por Israel o si por fin aceptará que en todo proceso negociador es necesario hacer concesiones y renunciar a parte de las exigencias.
El proceso de paz entre israelíes y palestinos iniciado en Madrid en 1991 y los acuerdos firmados desde Oslo, así como las negociaciones que se han llevado estas últimas semanas en base a la propuesta del ex-Presidente Clinton, tienen como objetivo alcanzar un acuerdo de paz justo y estable entre las partes. Pero también, una vez que ambas partes han aceptado que el conflicto debe resolverse por la vía de la negociación, es inadmisible recurrir a la violencia como medio de presión para obtener ventajas políticas. A estas alturas de los acontecimientos, ya es evidente que la visita al Monte del Templo del líder de la oposición de Israel Ariel Sharon no fue causa sino más bien pretexto para intensificar una ola de violencia premeditada que ha vuelto a teñir de sangre las ya de por sí complejas negociaciones de paz. Esta nueva Intifada ha quebrado la confianza de la sociedad israelí en el actual proceso de paz. La sociedad israelí no puede asumir ni aceptar que mientras se hable de paz, los interlocutores palestinos fomenten la violencia y paralelamente suban el listón de sus exigencias. Con independencia de su filiación política, los israelíes tienen serias —y justificadas— dudas sobre la voluntad de paz de Arafat.
La Autoridad palestina es plenamente consciente de que sus propuestas maximalistas son inaceptables para Israel. Ha llegado el momento de tomar decisiones difíciles que es, en suma, lo que se espera de un líder. Arafat, como lo han señalado prestigiosos analistas internacionales, debe elegir entre seguir buscando metas inalcanzables, o asumir sus responsabilidades como estadista y comenzar a construir y dirigir instituciones estatales. La Autoridad palestina ya administra la vida del 95% de la población de los territorios y recibe ingentes sumas de dinero de la Unión Europea y de otros países donantes. Sin embargo, las condiciones de vida de la población han empeorado bajo la administración palestina. La demagogia y la sistemática incitación en contra de Israel desde las autoridades, los medios de comunicación y las mezquitas han conseguido que la ira de los palestinos, que en parte es resultado de frustraciones internas, se dirija total y exclusivamente contra Israel y no hacia los responsables de este estado de cosas.
Uno de los aspectos más preocupantes de la actitud de la ANP hacia Israel podemos verla en los libros de texto que acaba de publicar. En ellos no se reconoce el derecho de Israel a existir, y se insiste en la injusticia padecida por los palestinos por el establecimiento de Israel. Aún más llamativo es el hecho de que no hay ninguna referencia al proceso de paz. Los escolares palestinos reciben el mensaje de que su tierra fue arrebatada por unos extranjeros sin ningún derecho sobre ella. En las lecciones de geografía, Palestina incluye los territorios palestinos y todo el Estado Israel, sin mencionar siquiera la presencia de los cinco millones de judíos que allí residen. Esto no hace más que alimentar la idea de la necesidad de seguir luchando hasta recuperar cada palmo de la "patria robada". Esto no tiene nada que ver con la educación para la paz. Así es muy difícil que la próxima generación de palestinos desee una convivencia pacífica con Israel.
El principal obstáculo del proceso de paz son las reivindicaciones palestinas en dos asuntos: el retorno de refugiados palestinos a Israel, y Jerusalén.
El problema de los refugiados palestinos se produjo en un contexto de guerra y agresión contra Israel cuando en 1948 el liderazgo palestino y los países árabes, que se negaron a aceptar el plan de partición propuesto por la ONU (1947), trataron de aniquilar al recién proclamado Estado de Israel. Sabido es que, desde entonces, los diferentes países árabes que acogieron a estos refugiados (con excepción de Jordania) han perpetuado los campos de refugiados, impidiendo la integración de los palestinos en sus respectivas sociedades, y manteniendo unas pésimas condiciones de vida generación tras generación.
La exigencia palestina de que los refugiados del 48 vuelvan a sus casas en Israel es inviable, absurda y supondría la desaparición del Estado de Israel. Inviable porque en las casas o en los lugares ocupados por las de aquellos palestinos que salieron como consecuencia de la guerra de 1948 viven ciudadanos israelíes, se han construidos fábricas o carreteras. Los actuales residentes ¿pasarán a ser los nuevos refugiados?, ¿habrá que destruir empresas e infraestructuras?... Absurda, porque ya nadie duda de que como resultado de las negociaciones se va crear un estado palestino independiente. Lo natural es que los palestinos retornen a su propio estado. De hecho, Israel sí ha aceptado que los refugiados palestinos se instalen en su futuro estado y que reciban compensaciones económicas. Sería absurdo que tras la creación de un estado palestino se exija el retorno de los suyos a otro estado. La llegada a Israel de millones de palestinos sería el fin del estado de Israel, ya que supondría su absoluta pérdida de identidad y su razón de ser como único estado judío del mundo. Ningún país renuncia a su identidad nacional. La exigencia del retorno de los refugiados palestinos a Israel no es un elemento necesario para el establecimiento de un estado palestino. Tras esta exigencia se esconde en realidad la esperanza o el designio de la desaparición del Estado de Israel.
El gobierno de Israel admitió como base para la negociación sobre Jerusalén la propuesta que contempla fórmulas creativas de control compartido sobre Jerusalén. Para Israel existen una serie de puntos innegociables: los lugares santos judíos y el barrio judío. Estas dos premisas son ampliamente compartidas por toda la sociedad israelí y por el conjunto del pueblo judío. Jerusalén es el alma y el corazón del pueblo judío, y cualquier acuerdo justo y realista debe reconocer esta verdad. Jerusalén es la única ciudad santa para el judaísmo y su capital histórica. Cualquier persona medianamente informada, conocedora de la historia del pueblo judío (y también del islam) y no condicionada por premisas políticas o ideológicas, asocia de forma natural e inmediata a los judíos con Jerusalén, del mismo modo que se relaciona automáticamente a los británicos con Londres, a los españoles con Madrid o a los franceses con París.
Los dirigentes palestinos saben todo esto. Hay un límite en cuanto a las exigencias que Israel puede aceptar. El retorno a la violencia y la radicalización de las exigencias palestinas precisamente cuando Israel estaba dispuesto a aceptar la creación de un estado palestino con unas fronteras basadas en las líneas de 1967 es lo mismo que dinamitar todo el proceso de paz. Al situarse en posturas maximalistas lo único que puede conseguir Arafat es perpetuar el conflicto. Si realmente quisiera establecer un estado y convivir pacíficamente con Israel, abandonaría esta línea de exigir lo imposible.
Para alcanzar un acuerdo de paz definitivo que ponga fin al conflicto, israelíes y palestinos habremos de renunciar a parte de nuestras aspiraciones y aceptar concesiones dolorosas. Con buena voluntad por ambos lados, la paz es posible.