Una convivencia fructífera

Carlos Westendorp

Ministro de Asuntos Exteriores de España

Cuando el 17 de enero de 1986 el Primer Ministro de Israel, Simon Peres, y el Presidente del Gobierno español, Felipe González, firmaron el Acuerdo por el que se establecían relaciones diplomáticas entre España e Israel, se ponía punto final a un largo período de desencuentro entre el pueblo español y el pueblo judío.

Desde la creación del Estado de Israel, muchas habían sido las ocasiones perdidas por ambas partes para normalizar sus relaciones. Finalmente, habría que esperar al ERDEI (Plan para el Establecimiento de Relaciones Diplomáticas entre España e Israel) para cerrar con éxito este laborioso proceso de normalización. Quedaban atrás múltiples horas de negociación, en las que participaron relevantes diplomáticos de los dos países, representantes de la Comunidades judías mundiales y españolas y amplios sectores políticos y económicos de ambas sociedades. Todos ellos estuvieron animados por un mismo objetivo, el de cambiar esta situación anacrónica y establecer las condiciones jurídico-políticas que permitieran construir, sobre unas bases sólidas, el nuevo edificio de nuestras relaciones.

Varios desafíos se presentaban como prioritarios en esta singladura.

El primero era de carácter político. Se debían superar viejos contenciosos bilaterales, pero sobre todo había que crear un marco de confianza suficiente para poder avanzar con éxito en la nueva relación. Esta fue la razón de la denominada política gradual. La Administración española prefirió en aquellos primeros años de normalización diplomática proceder en el desarrollo de las relaciones de manera selectiva, y a un ritmo ponderado, para evitar reacciones contraproducentes.

Si esta política tuvo su explicación en una primera etapa, pronto se constató que las relaciones bilaterales necesitaban de un renovado impulso político. La visita del presidente González a Israel en 1991, la del presidente Herzog a Madrid en 1992 y la histórica visita de Estado de Sus Majestades los Reyes a Israel en 1993, permitieron abandonar la política gradual y establecer una política global decidida a impulsar plenamente y sin cortapisas el desarrollo de todos los sectores de cooperación. En esta situación nos encontramos en estos momentos.

Por otra parte, era necesario dotar de un marco jurídico a distintos campos de cooperación. Hoy día, existen 18 acuerdos y convenios que permiten trabajar juntos a israelíes y españoles en sectores tan diversos como pueden ser la investigación tecnológica, la desertificación, la agricultura, la energía y el medio ambiente. Así, estamos construyendo una comunidad científica dispuesta a abordar conjuntamente los retos tecnológicos del siglo xxi.

Sin duda, habría sido difícil mantener este proceso político de consolidación de nuestras relaciones, si nuestros principales intereses, los económicos, no se hubiesen vistos beneficiados. Este era el segundo gran desafío. Después de unos años de intercambio comercial un tanto tímido, el volumen de nuestro comercio bilateral se ha multiplicado por tres y sus perspectivas de futuro son muy halagüeñas.

Sin embargo, el reto principal y el más difícil, era cambiar esa imagen distorsionada por tantos malentendidos históricos y tan presentes en la psicología colectiva de ambas sociedades. Los dos Gobiernos tuvieron que iniciar un camino arduo para superar estas aprensiones y tratar de instaurar una "nueva edad de oro tras la que cerró Isabel la Católica", como la calificó el Primer Ministro Peres después de la firma del Acuerdo de Establecimiento de Relaciones Diplomáticas.

Significativas y decisivas fueron la intervención de su Majestad el Rey en la Sinagoga de Madrid (marzo de 1992) en presencia del presidente del Estado de Israel, la labor desarrollada por la Comisión Nacional Sefarad 92 y, ciertamente, la visita de Estado de Sus Majestades los Reyes a Israel en noviembre del 93 y la histórica alocución del Monarca español a la Knesset. No hay duda de que el objetivo que el propio presidente González introdujo en el comunicado hispano-israelí de "preservar los antiguos y profundos vínculos que unen al pueblo español y judío" se había alcanzado.

Se hacía necesario que el primer paso dado por los dos Gobiernos en La Haya, al confirmar solemnemente su voluntad política de propiciar el reencuentro entre españoles e israelíes, calase en las mentalidades de los dos pueblos. Tras estos diez años, podemos comprobar con satisfacción que este objetivo se ha logrado. Un mejor conocimiento y comprensión entre las dos sociedades sólo es posible si se multiplican los contactos y se incrementan el diálogo. La supresión de visados, aprobada tras la visita real a Israel, tuvo un impacto indiscutible para facilitar el acercamiento entre nuestros dos pueblos. El incremento del número de turistas y la recuperación de las viejas rutas de la judería de España así lo demuestran.

A pesar de las especulaciones y críticas que suscitó en un primer momento el Acuerdo de Establecimiento de Relaciones Diplomáticas, los diez años transcurridos desde esa fecha no han hecho más que demostrar lo oportuno y acertado de dicha decisión. España no sólo goza de enorme respeto y credibilidad en Israel, sino que ha mantenido y reforzado también sus relaciones con los países árabes. Esta nueva situación le ha permitido desempeñar un papel mucha más eficaz y activo en toda la región mediterránea.

Para Israel, el nombre de España y de varias de sus ciudades se identifica con su reciente historia. Madrid, Granada, Oviedo, Toledo y Barcelona son lugares que han sido testigo de importantes y decisivos capítulos de la actual política exterior de Israel. Para España, esta contribución también representa un activo de indudable trascendencia.

Pero la acción diplomática de España no se ha limitado a apoyar, de forma decidida y continua, el Proceso de Paz de Oriente Medio. El empeño español ha estado dirigido, también, a aproximar a Israel al mundo europeo, otorgándole un estatus específico y relevante. Dos acontecimientos lo ha demostrado el pasado semestre durante la Presidencia española de la Unión Europea: la firma del nuevo Acuerdo de Asociación Israel/UE y la celebración de la Conferencia Euro-Mediterránea de Barcelona. Son muchas las voces en Israel que señalan que es necesario potenciar la mediterraneidad de Israel para garantizar sus vínculos con Europa.

Ahora, tras una década de fructíferas relaciones, se abre una nueva etapa. Quedan cuatro años para el final del Milenio, años decisivos para el porvenir de Israel, de sus vecinos árabes, de Oriente Medio y de todo el Mediterráneo. El reencuentro entre Israel y España y su voluntad conjunta de obrar en el futuro en favor de la paz de toda esta región convulsa nos permite contemplar el umbral del siglo xxi con mayores dosis de

esperanza. [Publicado en Abc el 17 de enero de 1996].

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