A diferencia de otras eras como la cristiana o la musulmana, la
judaica celebra el comienzo del año celebrando un evento que no le es
privativo, sino que reviste importancia universal. El año nuevo
hebreo no alude al Exodo de Egipto ni a la memoria de Abraham; no es
parte de la historia judía propiamente. Marca simbólicamente el
aniversario de la Creación de todo, mucho antes de que el judaísmo o
el pueblo judío irrumpieran en el devenir humano. La visión es
universalista. Al respecto, el hijo del inmortal Maimónides observó
que el raciocinio fue colocado en el hombre en el sexto día de la
Creación. Mucho más tardías, la Torá, la ley y la cosmovisión judías,
nos fueron entregadas sólo hace menos de tres milenios y medio. Por
ello, arguyó Abraham Ben Ha-Rambam, la razón es nuestro marco más
natural, en el que nos sentimos más cómodos, y la tradición judaica
viene sólo a complementar ese marco, o aun a perfeccionarlo. Este
ostensible racionalismo fue extremado por Abraham Bibago, quien en
Derej Emuná intentó demostrar que la razón es la esencia misma del
judaísmo.
Pero a la luz de la ciencia, es imposible aceptar la juventud del
universo. Apenas seis milenios nunca podrán reflejar ni una infinitésima
parte de la evolución estelar. Baste contemplar las estrellas a la
noche para volver a tomar conciencia de que la luz que nos llega de
los astros partió del origen hace millones de años y por ende, oh
desilusión, las estrellas que "vemos" son en rigor masas de
gas que de hecho ya no existen. Esta sola prueba debería sernos
suficiente para arrojar por la borda la cosmovisión del 5760.
No faltó quien aceptara literalmente la idea de que todo nació
hace exactamente seis mil años, y por lo tanto el fósil que desafíe
esta fecha es entendido como una prueba caprichosa para nuestra fe.
Una candidez similar guió en el siglo XVII a John Lightfoot de
Cambridge, quien en sus seis eruditos volúmenes (Horae Hebraicae et
Talmudicae) calculó que la Creación del hombre había tenido lugar
el 23 de octubre del año 4004 antes de la era común, a las 9 de la
mañana.
Una cosa es descartar con una sonrisa el atolondrado cálculo de
Lightfoot, y otra muy distinta es suponer que el año 5760 sea
arbitrario. No lo es. La pregunta es qué significa. Sabemos en
principio que resulta de calcular las genealogías bíblicas hasta
retrortraernos al primigenio Adán.
Lo que no queda siempre claro es quién es ese primer hombre, qué
faceta humana en particular implica su comienzo de la nada.
Esa característica es su razón consciente. Cuando en este
contexto hablamos del primer hombre, no nos referimos al pitecantrupus
erectus, ni a las formas más sofisticadas de los primates. Debemos
procurar una característica primordial de su evolución a partir de
la cual pueda considerarse que el hombre ha sido efectivamente creado.
El hombre original es el primero que adquiere la conciencia humana,
la capacidad de proyectarse al futuro, de mirarse por dentro y
preguntarse acerca del misterio de su existencia. Ese es el androide
que hace historia, que deja grabado su devenir.
Sabemos que la historia humana comienza precisamente con la aparición
de la escritura, que es el momento providencial en el que el ser
humano puede asumir la responsabilidad por la humanidad en su
conjunto, puesto que hereda a las generaciones pasadas y prevé su
continuidad en la posteridad. La escritura, la historia humana, la
Creación, comenzaron efectivamente hace seis mil años. Por lo tanto
la cronología hebraica es muy sensata.
Tan sensata como el hombre mismo, parece ser. Mientras la
inteligencia de éste fue creciendo en su desarrollo, creció en él
proporcionalmente la masa cerebral, lo que llevó a una remodelación
de la cabeza. El hombre pudo hacer con las manos lo que antes hacía
con los dientes, y por ello pudieron bastarle mandíbulas más pequeñas.
Iba desalojándose lugar en la cabeza para que el tamaño cerebral
pudiera aumentar.
También la pelvis debió ser remodelada, para que pudieran nacer
bebés con cabezas grandes. No sorprenda entonces que, de las millones
de especies que habitan nuestro planeta, la única para la que el
alumbramiento es normalmente doloroso, es la humana. Ello puede ser
consecuencia del incesante incremento de la capacidad craneal.
El Génesis curiosamente revela el nexo entre la evolución de la
inteligencia y el dolor de parto. Recordemos que como castigo por
ingerir del Arbol del Conocimiento, Dios reconviene a Eva que
"parirá con dolor". Con dolor, porque la inteligencia que
ha "ingerido" ha ampliado el neocórtex, y el primer hombre
cuyo volumen endocraneal coincide con el del actual es el homo
erectus.
En cuanto a la Creación en meramente seis días, existen
igualmente modos científicos de resolver la cuestión. A partir de
las observaciones de Edwin Hubble en 1929, se considera que el
universo está en constante expansión. Ello significa que los objetos
estuvieron en el pasado más cerca uno del otro, e incluso en un
momento, supuestamente hace unos quince mil millones de años, cuando
la densidad del universo era infinita, todo estaba exactamente en el
mismo lugar.
De ello puede deducirse que, cuando el universo era
infinitesimalmente pequeño e infinitamente denso, hubo un Big-Bang
del que derivó todo. Ese Big-Bang es eminentemente compatible con la
Creación.
Einstein ha demostrado la relatividad del tiempo, cuyo fluir es más
lento a medida que aumenta la gravedad en un lugar determinado. Cuando
se mira un sistema de baja gravedad desde uno de alta gravedad, la
imagen parece como un video a alta velocidad. Para imaginar la
posibilidad de mirar todo el universo desde afuera, como un sistema
cerrado, debemos considerar que la masa total es 1056 gramos, y el
radio es diez mil millones de años luz. Un físico nuclear del
Instituto de Tecnología de Massachussets, Gerald Schroeder, se tomó
el trabajo de hacer los cálculos pertinentes, y llegó a la conclusión
de que, una conciencia que abarcara todo el universo, experimentaría
el campo gravitacional producido por la masa total, para la que el
tiempo fluye un billón de veces más lentamente que en la Tierra.
Por lo tanto, esa conciencia que mira el universo desde su
"borde", vería transcurrir apenas un minuto mientras en la
Tierra pasarían un millón. Y eso reduce los 15 mil millones de años
a... seis días.
En otras palabras, mientras para relojes que actúan al potencial
gravitacional actual, transcurren miles de millones de años, para un
sistema que incluya todo el Universo, pasarían sólo seis días. Esa
sería la perspectiva para un Creador Infinito. O como lo expresa el
salmo 90: "Mil años son ante Ti como una noche fugaz". Los
seis días del Génesis son en suma días divinos, y por eso la Torá
tiene una manera distinta de referirse al tiempo si es antes de Adán
o después de él. Los días divinos son una cosa, y otra es nuestra
experiencia temporal.
Los treinta primeros versículos de la Biblia describen los quince
millones de milenios de la historia cósmica, que comienza con la
creación del único elemento del universo con una estabilidad
invencible – la luz y su velocidad. Ese "primer
componente" de la naturaleza no casualmente es el único que se
menciona expresamente al ser aprobado. En las otras seis ocasiones
"y vio Dios que es bueno" en términos generales; con
respecto al parámetro inicial "y vio Dios la luz, que es
buena".
De todos los relatos antiguos acerca de la Creación, sólo el de
la civilización hebrea permite el escrutinio de una aproximación
científica. O en términos de Maimónides, los supuestos conflictos
entre la ciencia y la Biblia pueden surgir o bien de la carencia de
conocimientos científicos o bien de una defectuosa interpretación
del Libro de los Libros.