Antisemitismo
Formo parte de quienes creen que a partir de los
datos del mundo real, muy poco es lo que puede hacerse para poner fin
al antisemitismo en sus diversas manifestaciones. No porque el mundo
sea antisemita ni porque los no judíos lo sean, sino porque en el
mundo se dan determinadas situaciones propicias para el surgimiento de
toda clase de factores oscurantistas, y el antisemitismo es uno de
ellos. Tal vez no sea éste el sitio apropiado para pronunciar estas
afirmaciones, pero si creyera que en verdad resulta posible la lucha
contra el antisemitismo, que en verdad puede enseñarse a la gente a
permitir a los judíos vivir entre ella aun en situaciones difíciles,
que es posible persuadir a la gente de que debe respetar las tumbas y
los lugares judíos aun cuando los judíos no vivan ya en ellos; si
creyera que se puede educar a los no judíos en ese sentido, tal vez
pensaría también que la existencia del Estado de Israel no es
necesaria.
No creo que sea así. El Estado de Israel y el
sionismo no han nacido del antisemitismo, sino del intento y la
voluntad del pueblo judío de crear su propia autodefinición e
identidad en su contexto histórico. Pero si alguien busca en verdad
la respuesta al antisemitismo, hay sólo una y se halla aquí. Ningún
esclarecimiento y ninguna educación podrán resolver el problema;
lamento decirlo, porque nos hemos reunido aquí para afrontarlo. Deseo
comenzar con este supuesto básico, y de esta manera haré referencia
a la Organización Sionista y otros entes. Se debe hablar ante los
jefes de estado, preparar programas de televisión y comprometer a
toda clase de pobres parlamentarios de países semihambrientos para
que adopten decisiones a favor del sionismo y en contra del
antisemitismo, pero sin hacernos demasiadas ilusiones. Existe una sola
respuesta al problema, y se halla en el Estado de Israel.
Me referiré a continuación al ascenso del
antisemitismo en la era postcomunista. El régimen comunista, que se
atribuía el monopolio del gobierno y del pensamiento, reprimió
cualquier concepción alternativa a nivel ideológico. Una de ellas,
que fuera reprimida de la manera más intensa, guarda relación con
aquella frase clave del Manifiesto Comunista: "Los obreros
no tienen patria". En la jerga comunista, esto se tradujo en lo
que posteriormente se dio en llamar "el internacionalismo
socialista", cuyo significado era el de que los intereses de la
Unión Soviética como potencia eran prioritarios a los de cada república
y cada pueblo de la Unión Soviética, y de cada estado integrante del
Pacto de Varsovia. En la realidad, todos los movimientos nacionales
—incluido, por supuesto, el movimiento nacional judío sionista—
fueron reprimidos por el régimen comunista.
La cuestión judía toda se complicó en la URSS
por la existencia del Estado de Israel y su leit motiv sionista, que
sostiene que todo judío constituye un potencial de aliá, o sea, de
emigración del paraíso socialista. Todo se complicó, pero cabe
recordar que una de las cosas más intensamente reprimidas en la URSS
y sus satélites fueron los movimientos nacionales. Cuando los regímenes
comunistas empezaron a tambalear y dio comienzo la danza triunfal del
Occidente liberal y capitalista, una de las cosas que caracterizaron a
los años 1989 y 1990 fue la concepción —que yo veo como una ilusión—
que dice: Después del derrumbe del régimen comunista en dichos países
(que fue un colapso a nivel ideológico y funcional, a nivel de la
seguridad corriente y de la concepción estratégica soviética, y a
nivel de la economía) la alternativa radicará en la creación de regímenes
democráticos y liberales, de la economía de mercado, de un
capitalismo de un signo u otro".
El comunismo ha muerto pero sigue viviendo
Esta fe fue la que dio lugar a la aparición de
escritos filosóficos de ideólogos de derecha, que veían en el
colapso de la URSS el fin de la historia. De una vez por todas se había
demostrado contundentemente que el liberalismo, la democracia y el
capitalismo habían triunfado, y que ya no tenían alternativa. Esta
creencia hacía caso omiso de la realidad histórica de los países
comunistas, en los que —con la sola excepción de Checoslovaquia—
no había regímenes democráticos ni liberalismo político antes de
que los comunistas los ocuparan.
Una vez derretidos los hielos soviéticos, en
Siberia sólo brotaron unas pocas flores, porque antes del dominio
comunista la mayor parte de estos países eran autoritarios según el
modelo de la Rusia zarista. Se daban en ellos la represión nacional,
la burocracia centralizada, la ausencia de derechos civiles y derechos
humanos. A excepción de algunas regiones de Checoslovaquia, más
precisamente de la República Checa, en ninguno de ellos había
existido un gobierno democrático, economía de mercado, sociedad
pluralista, igualdad de derechos y tolerancia.
Por tal razón, también el status de los judíos
era problemático en estos países, porque constituían el primer foco
de odio de los diversos movimientos nacionales. Debemos recordar que
el nacionalismo polaco era antisemita en la misma medida en que era
antialemán y antirruso. Los antisemitas ucranios eran antisemitas y
también antipolacos y antirrusos. Es decir, debemos comprender que el
antisemitismo de las sociedades de Europa del Este no era el mismo de
las sociedades democráticas y liberales. Se trataba de una pequeña
mella en medio de un rostro mucho más problemático.
Cabe recordar que cuando estas sociedades se
liberaron del comunismo, para muchas personas de Europa del Este no
fue una liberación; en cierta medida fue una restauración, una
suerte de retorno a la identidad y la esencia de su propia existencia.
Cabe también recordar que para muchas de estas sociedades de Europa
del Este, la liberación del comunismo constituyó un motor social
sumamente intenso y una motivación social no menos intensa, porque se
trataba también de la liberación de los rusos, o de lo que se percibía
como comunismo soviético.
El postcomunismo y los judíos
En el proceso de restauración, cada uno de
estos estados recupera su símbolo histórico, su bandera histórica,
sus héroes históricos reprimidos por el comunismo, su mapa histórico
y también sus mitos históricos, ya se trate de mitos convertidos en
historia o de una historia transformada en mito. Bien sabemos de qué
manera crean los movimientos nacionales en formación sus mitos
cohesionantes. Uno puede preguntarse por qué razón en Hungría,
Rumania, Polonia, Rusia o Ucrania se puede regresar a una memoria histórica
de la que los judíos forman parte; éste es el punto que se debe
recordar. Me cuento entre quienes piensan que la transición de los países
postcomunistas hacia la democracia, la tolerancia, el liberalismo y el
capitalismo habrá de ser sumamente problemática, y por ello también
será compleja la situación de los judíos.
Daré un ejemplo vinculado con Rusia: cuando
Yeltsin fue elegido presidente me hallaba en Moscú con unos amigos,
intelectuales judíos que en su mayoría habían sido comunistas y
ahora son partidarios de Yeltsin. Estábamos en su casa viendo el acto
por televisión, y ellos, por supuesto, se emocionaron. Después del
juramento de Yeltsin, el patriarca de Moscú y de Rusia, Alexei, se
puso de pie e hizo la señal de la cruz. En la casa se produjo un
hondo silencio. Mis amigos dijeron: "No esperábamos esto",
y les repliqué: "Esta es la nueva Rusia". Se puede regresar
a cosas aún peores que la señal de la cruz: se puede retornar a
Pedro el Grande, Catalina e Iván el Terrible. Los recuerdos son
infinitos, pero esto es lo que guardan los pueblos en las alforjas de
la historia. Esta dificultad es la que en gran medida habrá de
determinar el avance de las soluciones para los dilemas a los que los
judíos deben hacer frente.
Otro dilema se relaciona con el fracasado
intento de putsch en el que murieran tres jóvenes que enfrentaron a
los tanques, uno de los cuales era judío. Uno de los acontecimientos
más dramáticos —que tal vez sólo pueda ser comparado con la toma
de la Bastilla— fue la victoria de la Rusia de Yeltsin sobre los
conspiradores. Esto simbolizó concretamente el fin del comunismo en
la URSS. El sepelio del muerto judío se realizó el sábado. Los judíos
comenzaron a discutir que el joven no pertenecía a una familia
religiosa, porque la intención era sepultarlo como judío, cubierto
con el talit, y que el sábado se dijera por él el Kadish. Una
persona había muerto por Rusia y era judía. Perdónenme lo que digo,
pero el hecho de que uno de los tres muertos por Rusia haya sido judío
tiene un efecto esclarecedor. Finalmente hallaron un rabino que dijo
el Kadish en sábado, y puedo imaginar cuántas buenas razones es
posible hallar para ello.
Esa fue la primera vez que los 200.000.000 de
habitantes de la URSS vieron a un judío enterrado con el talit y a
alguien que decía Kadish por él; nunca se había visto algo así en
Rusia. En la URSS murieron cientos de miles de judíos como soldados
soviéticos, caídos por la patria en tiempos de guerra, y ninguno de
ellos tuvo sepultura judía. Por primera vez se vio un sepelio, una
ceremonia, o algo similar a ella en sábado. Muchos rusos dijeron: ¿Por
qué el rabino debe decir eso? ¿Por qué una plegaria judía? Ha
muerto por Rusia. De pronto se vio que por primera vez en esa sociedad
libre y abierta en la que un judío moría por Rusia, se hallaban
expuestos a los dilemas de la actitud de gran tolerancia y comprensión
que la sociedad mayoritaria adopta ante las extrañas costumbres de un
grupo minoritario. En la opinión pública rusa se dio el debate
acerca de si era necesario realizar un sepelio judío, y si en general
había lugar para algo así. El hecho de que las otras víctimas
hubieran sido enterradas con una ceremonia pravoslava resultaba obvio,
porque habían muerto por Rusia, pero, ¿qué hacía allí ese judío
con el talit? De pronto se comprobó que esa sociedad debía aprender
a convivir con el pluralismo y con la evidencia de que los judíos son
un poco diferentes. Sabemos que en Occidente a veces resulta difícil;
en Rusia, después de 500 años de zarismo y 75 de comunismo, lo es
mucho más.
Cabe recordar que desde 1917 y después de
1945, había en Europa del Este una ideología alternativa para
resolver la cuestión judía; una ideología alternativa al sionismo,
que a los sionistas no nos gustaba porque la considerábamos opresora.
Pero no debemos olvidar que el comunismo sostenía —tanto antes de
su ascenso al poder como después de él— que los obreros no tienen
patria, y que todos los problemas nacionales son tan sólo problemas
económicos; por eso, la sociedad del futuro habría de ser
a-nacional. El comunismo intentaba también decir que resolvería el
problema nacional judío al igual que todos los demás problemas
nacionales.
No es casual que el porcentaje de judíos
haya sido tan alto en los movimientos comunistas de Rusia y Europa
antes de 1917, y en los de otros países después del Holocausto. Una
broma de tiempos de la revolución relata que en 1917, durante la
primera sesión del Soviet Supremo, un joven judío comunista de una
aldea de Ucrania llevó a su padre a Petrogrado, a las sesiones del
soviet, para mostrarle a la gente. Se sentó a su lado en la sala,
mientras los oradores se ubicaban sobre el escenario. El padre preguntó:
¿Quién es ese hombre con barba que está hablando? Trotsky. ¿Su
padre es judío? Sí. ¿Y el que está al lado? Zinoviev. ¿Es judío?
Sí. ¿Y al lado? Kamenev. ¿Judío? Sí. ¿Y a su lado? Stretlov. ¿Judío?
Sí. ¿Y ese pelado y con barba? Lenin. ¿Es judío? No. Entonces el
padre preguntó: ¿Qué hace aquí? Y el hijo respondió: La empresa
está registrada a su nombre.
Por supuesto, el comunismo no es parte de la
conjura judía para apoderarse de Rusia, Polonia o Hungría; pero no
es casual que tantos judíos de dichos países —los que no aceptaban
el sionismo y los que no se trasladaron a Occidente— lo hayan visto
como alternativa. Hay dos razones para ello:
- Los judíos estaban más oprimidos que los otros, por eso tenían
mejores razones para integrarse a la corriente revolucionaria
radicalizada.
- El comunismo dijo a la intelligentsia judía: finalmente
habremos de crear aquí una sociedad en la que no importe en
absoluto el hecho de ser judío, ruso o húngaro. Era una utopía,
un ideal, y la gente joven que se halla en situaciones difíciles
se aferra a estas ideas.
Por eso, después de 1945 hallamos en Europa
del Este muchos judíos, en número totalmente desproporcionado de 1 a
10, 1 a 15, en las cúpulas de los partidos comunistas, y en
especial en dos focos estratégicos. ¿Dónde se hallaban tantos judíos?
Ante todo en los departamentos ideológicos de los partidos y en las
redacciones de los periódicos. ¿Por qué? Los judíos son
inteligentes. La intelligentsia húngara, polaca o rumana no
judía, que era básicamente nacionalista y un poco fascista, permitió
el ingreso de los judíos a esas secciones. ¿Dónde más se hallaban
judíos en cantidades realmente desproporcionadas? En los servicios de
seguridad de gran parte de estos países. ¿Por qué? Porque la
primera función de los servicios de seguridad después de la entrada
de los soviéticos en 1945, era buscar prioritariamente a los
colaboracionistas con los nazis, en Hungría, Checoslovaquia, Rumania
y Polonia. ¿En quién se podía confiar que no tuviera un primo,
hermano o allegado que hubiera estado involucrado, y que también se
sintiera motivado a atrapar a los asesinos? No en un polaco, húngaro
o eslovaco promedio; en un judío promedio, sí. Por eso se hallaba un
número tan grande de judíos en los servicios de seguridad de esos países.
La memoria judía en la conciencia de Europa del Este
Con frecuencia se pregunta uno cómo entender
a una sociedad como la polaca, que alberga hoy en día a antisemitas
sin judíos. Deseo efectuar dos observaciones, no para justificar sino
para comprender que en determinadas circunstancias resulta difícil
esperar que se actúe de otra manera. Si bien es cierto que
actualmente casi no hay judíos en Polonia, sí los hay en su memoria
histórica. Los polacos que están escribiendo ahora su historia
polaca sin la cobertura del comunismo, deben enfrentar el hecho de que
hubo allí tres millones de judíos, y que los polacos no siempre se
comportaron bien con ellos. En cualquier momento de su historia que
los polacos recuerden, los judíos están presentes, incluso en su
ausencia, porque vivieron allí 500 años y la historia de Polonia no
puede escribirse sin ellos. Hay judíos en la conciencia histórica
polaca, y los polacos —al igual que todos los Otros pueblos—
escriben libros sobre su propia historia, incluido ese difícil y
oscuro capítulo judío.
Hace algún tiempo se realizó en Polonia una
encuesta estremecedora. Se preguntó a la gente cuál era el
porcentaje de judíos en la población, y respondieron que entre un 3%
y un 15% de la población de Polonia era judía, lo que implica
que su visión del mundo está tergiversada. En el movimiento Solidaridad
y en las luchas políticas de hoy en día hay al menos dos
personalidades muy destacadas que son judías: una de ellas es Adam
Mychnik y la otra Garmak, presidente del partido de centro, el más
grande surgido de Solidaridad. En Polonia no hay judíos, pero
estas dos personas identificadas con la discusión política entablada
con la concepción liberal, son judías, y no hay quien no lo
sepa.
En otras palabras, lo que podemos ver hoy en día
en todos estos países es que, puesto que carecen de una historia
democrática e instituciones democráticas, retornan a su propia
historia. En ese sentido, también nosotros lo hicimos. El ascenso del
sionismo —no como movimiento intelectual, sino como movimiento de
masas— comenzó en Europa Central o del Este en la segunda mitad del
siglo XIX. En ese tiempo en el que los movimientos nacionales y
sociales desgastaban a los judíos, éstos se hallaban entre los
polacos y los alemanes, entre los rusos y los polacos, entre los
lituanos y los rusos, entre los checos y los alemanes en Praga. Esa
situación los llevó a la gran emigración hacia Occidente, pero
también los condujo hacia los fundamentos ideológicos y sociales del
sionismo.
El ascenso del comunismo en 1917, y posteriormente
en 1945 en los países fuera de la URSS, sacó a los sectores judíos
de esos estados del círculo del sionismo clásico. La opción
sionista dejó de existir para ellos, porque la misma realidad cambió.
Ahora, esos países han vuelto a 1914 y 1938, y por eso también la
realidad judía y sus dilemas han regresado a 1914; por eso, el libro más
popular hoy en día entre muchos judíos de Europa del Este es La
autoemancípacíón de Pinsker, de 1881.
La situación de hoy se parece mucho a la de 1881,
lo que por supuesto nos obliga a comprender algo: se dice que la
inmigración desde Rusia o la URSS se ha frenado, pero no es así;
tenemos una inmigración mensual de 6.000-7.000 almas. Este fue el sueño
ancestral de nuestra existencia aquí, en el Estado de Israel. Esto
implica que si hay dos millones de personas a las que puede aplicarse
la Ley del Retorno, y llegan a un ritmo anual de 60.000-70.000,
durante varios años existirá un considerable potencial de inmigración
significativa, que habrá de imponernos una carga nada fácil. No
estoy seguro de que nos hallemos preparados para esto; es un potencial
incalculable. No digo que todos los judíos de Rusia, Hungría o
Sarajevo inmigren; el mundo es más complejo, pero el potencial es
grande. En las sociedades postcomunistas se da un retorno al
nacionalismo, a la religión, al discurso histórico político
precomunista, y todo esto habrá de seguir poniendo a los judíos en
situaciones difíciles, aun sin que se produzcan bruscos estallidos de
antisemitismo violento.
No se debe aguardar, temer o prever pogroms. De
pronto resulta que estas sociedades retornan a la identidad rusa,
ucrania, polaca o húngara, y eso creará graves dificultades a los
judíos. Creo que debemos comprender el ascenso del antisemitismo y la
sensación de incomodidad de los judíos y ante ellos en este
contexto. Ninguna campaña de esclarecimiento, prédica o llamado a la
buena conciencia de la gente habrá de resolver el problema, porque
estas sociedades atravesarán avatares y problemas muy serios en las
próximas décadas. Estas son las situaciones clásicas en las que los
judíos se hallan bajo un fuego cruzado.
Debate
-
Dr. Yoram Beck, Instituto Bialik, Organización
Sionista Mundial.
-
Prof. Israel Eldad, escritor y docente de
humanismo, "ciudadano dilecto" de Jerusalem.
-
Dr. Ytzhak Avineri, Administración de
Emisarios de la Organización Sionista Mundial.
-
Sr. Yoel Bar-Romi, jurista, ex embajador y
actual asesor del ministerio de RR.EE. en cuestiones de
antisemitismo.
-
Sr. David Eichenbaum, autor del Diccionario Semántico
de la Lengua Hebrea.
Yoram Beck:
La historia nos enseña que no hay restauraciones
completas, La pregunta es de qué manera influye sobre las nuevas repúblicas
la existencia del Estado de Israel a nivel diplomático, a nivel del
retomo al antisemitismo y con respecto a la situación de los judíos
en dichos países.
Israel Eldad:
¿Están estos países hoy en día, en la era
postcomunista, abiertos a que elementos foráneos como los judíos se
asimilen en ellos más que antes?
Ytzhak Avineri:
Ud. dijo que la respuesta al antisemitismo es venir
a Israel, pero eso no significa que ésa sea la solución contra el
antisemitismo. Al hablar de la memoria polaca se debe mencionar también
la memoria mundial, O sea, que la memoria del presente existe incluso
en aquellos países en los que no hay judíos. En otras palabras,
tampoco veo en el retomo a Israel la solución al problema del
antisemitismo. Es una solución buena como autonacionalismo del pueblo
judío, como autoemancipación judía, pero no la solución al
problema del antisemitismo.
Yoel Bar-Romi:
El Prof. Bauer explicó que Pamyat constituye hoy
en día un factor marginal. ¿Cuál es el factor principal y dinámico
del antisemitismo en Rusia?
David Eichenbaum:
Tengo la impresión de que con el paso del tiempo,
el antisemitismo pasa a ser de odio a los judíos a odio al Estado de
Israel, por causa de toda clase de fuerzas interesadas en canalizarlo
en esa dirección. También en la propaganda antisemita soviética se
hablaba del sionismo internacional, que equivalía a lo que dicen Los
protocolos de los sabios de Sion acerca de la conjura judía mundial.
¿Qué probabilidades ve de que esto cristalice en aquellos países a
los que hizo referencia?
Shlomo Avineri:
Respuesta al Prof Eldad: Tiene razón en lo
que dice con respecto al nacionalismo. La concepción soviética es
que las sociedades socialistas no necesitan, por supuesto, del
nacionalismo, pero éste se da ciertamente en ellas como herramienta
anticolonialista. A esto debe añadirse otro matiz de la concepción
leninista: si bien negaba el nacionalismo, permitió a las diversas
naciones de la URSS desarrollar sus tejidos culturales, a condición
de que no intervinieran demasiado en el monopolio del poder político.
A consecuencia de ello, en sus primeros años el régimen soviético
alenté muchísimo las diversas expresiones de las culturas
nacionales, incluida la cultura judía tal como él la percibía, y
también, por supuesto, como alternativa al sionismo y al hebreo. Muy
pronto se vio que dicha trama cultural no puede cortar su relación
con el judaísmo del mundo y con la cultura hebrea, después de décadas
en que toda esta cultura idishista de la URSS fuera reprimida.
Respuesta al Dr. Yoram Beck: Nunca hay
restauración; ésa es, en gran medida, una ilusión. No estoy seguro
de que tengamos una respuesta clara a la pregunta de cuál fue la
influencia de la creación del Estado de Israel. Parte de la memoria
histórica de esos países es que los judíos son muy poderosos, y ésta
es una de las razones por las que los rusos y los polacos deben
temerlos, pues los dominarán. Si los judíos son poderosos, también
lo es el Estado de Israel, y si la población de estos países
necesita ayuda de Occidente, conviene llevarse bien con los judíos.
Como consecuencia de esta concepción demonológica
del poderío judío —en la que subyace un fundamento cierto— se
dan a veces el filosemitismo y un gran apoyo a Israel. En definitiva,
parte del entusiasta establecimiento de relaciones que hemos logrado
durante los últimos cinco años en Europa del Este proviene del
supuesto de que podemos abrirles las puertas de Occidente. No sé en
qué medida influye esto sobre la actitud hacia los judíos de dichos
países; es muy probable que en muchos lugares lo haga de esta manera.
También la gente neutral con respecto a los judíos a nivel
individual dice que si son una minoría que reclama derechos, todos
los pueblos tienen su estado, y también los judíos. Les dicen:
"Ustedes quieren derechos aquí y también el vínculo con la
patria". Surge entonces el problema de la doble lealtad: por una
parte se recurre a los judíos locales para abrir puertas en Jerusalem
o Nueva York, y por otra se les dice que tienen un estado.
Respuesta al Dr. Ytzhak Avineri: Creo que lo
que dijo es correcto a nivel filosófico. La praxis social me interesa
precisamente porque tengo un pensamiento político. Lo que quise decir
fue que no sé si el antisemitismo tiene solución, pero si hay judíos
que lo padecen, puedo decirles cómo resolver su problema. El
antisemitismo pertenece al buen mundo de lo metafísico, y por eso no
sé qué habría de suceder si todos los judíos se reunieran en
Israel. Tampoco estoy seguro de identificar de manera tan clara e
inequívoca que el antisemitismo es antiisraelismo y antisionismo y
antijudaísmo. Precisamente por haber sido las víctimas, debemos
distinguir entre aquéllos que querían quemar a los judíos que se
habían convertido al cristianismo y se arrepentían para salvar sus
almas, tal como lo hacía la Inquisición, y los que quemaban judíos
—aunque se hubieran convertido al cristianismo— porque hay algo
degenerado en la raza y la sangre judías. En un caso y otro se
quemaban judíos, pero como fenómeno histórico y social, el antijudaísmo
cristiano difiere del antisemitismo racista nazi. No se puede incluir
a todas estas cosas en una sola categoría. En este gran edificio del
antisemitismo hay toda clase de habitaciones diferentes.
La discusión de los soviéticos con nosotros
era una discusión política, y cuando una discusión política sube
de tono, toda clase de cosas marginales pasan a ser importantes. La
URSS adoptó una política antiisraelí a partir de 1967 por razones
estratégicas, cuando la humillamos, vencimos a sus aliados y
destruimos sus armas, motivos muy buenos para no amamos. Por eso me
preocupa saber si podré afrontar el hecho de que haya judíos que
sufren hoy en día fenómenos de antisemitismo. Creo que la respuesta
está en educar al mundo. No lo educaremos para que sea mejor; debemos
saber cómo hacer frente a este mundo, que hoy en día es mejor que
hace 20 años, a pesar de que la tragedia de Sarajevo tenga lugar
ahora.
Respuesta al Sr. Bar-Romi: ¿Cuál es el factor
dominante, si no el Pamyat? No creo que haya un factor político
dominante. En Rusia hay una situación de carencias, de sensación de
humillación, de un pueblo imperial que ha perdido su imperio histórico
y su imperio comunista, que tiene 25.000.000 de rusos étnicos en
otros estados de la CEI. Esta situación es la causa de una tensión
que puede dar a muchos judíos una sensación sumamente incómoda.
Estos procesos históricos son mucho más poderosos, y resulta mucho más
difícil luchar contra ellos. Si existe un movimiento como Pamyat, se
lo puede combatir, denostar, arrinconar. Resulta fácil hacerlo porque
se trata de fascistas despreciables, y cualquier persona decente se
les opondrá. Cuando la situación es compleja, resulta más difícil.
Respuesta a David Eichenbaum: ¿Cómo nos vemos
como sionistas? Creo que el sionismo es para los judíos. Aún no
hemos logrado educar a los judíos para que amen al sionismo; aún no
hemos logrado educarlos en la idea de que Israel constituye una
alternativa seria. Mantengo una discusión, incluso con algunos amigos
aquí presentes, con respecto a la creencia de que podemos hacer algo
significativo por medio del esclarecimiento, la prédica y la invocación
a los buenos sentimientos de la gente. Soy muy pesimista en cuanto a
lo que se puede hacer; no porque piense que todo el mundo es
antisemita, o que los polacos y alemanes maman el odio a los judíos
con la leche materna. Soy pesimista porque en situaciones políticas
de crisis, los grupos pequeños son grupos vulnerables que se hallan
bajo fuego cruzado. Uno de los motivos de la creación del Estado de
Israel es el de que esa gente, que es judía, no se halle más bajo
fuego cruzado.
*El Prof. Shlomo Avineri es docente
del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Hebrea de
Jerusalem. El presente artículo ha sido publicado originalmente en
Kivunim N0 5, y su versión española fue extraída de
Kivunim (español), Abril 1995. y reproducido en internet por Hagshama.
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